200 páginas

Mardulce Editora

Tapa blanda

 

En Argentina a los escritores uruguayos se los llama “rioplatenses”. Juan José Morosoli es, pues, uno de los más 
grandes escritores rioplatenses del siglo XX, y a la vez uno de los secretos mejor guardados de la literatura de nuestro estuario. El campo –antología que reúne lo mejor de su obra– es una oportunidad inmejorable para descubrir y pasar la voz sobre un escritor decididamente extraordinario. Develemos entonces su secreto: Morosoli no hace correr el tiempo, lo detiene. Allí reside su talento. Su mundo está hecho de personajes –obreros, albañiles, gauchos– que hacen de la inmovilidad un modo disconforme de estar en el mundo. Negativos, taciturnos, anónimos, rechazan el ruido de la época. Y queda la cuestión de la lengua. De la transformación del habla oral y popular de la pampa uruguaya en escritura magistral. Mal leído –como se ha hecho muchas veces– Morosoli puede parecer un escritor costumbrista. Nada de eso. Lo suyo es más bien de un vanguardismo discreto. Antes que como un escritor rural, es más justo pensar a Morosoli en una constelación –como un estante de una 
biblioteca personal– integrada por el silencio a lo Beckett, un gusto por los perdedores a lo Robert Walser y la mejor tradición del desasosiego uruguayo, de Onetti a Levrero.

El campo, de Juan José Morosoli

$900
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El campo, de Juan José Morosoli $900

200 páginas

Mardulce Editora

Tapa blanda

 

En Argentina a los escritores uruguayos se los llama “rioplatenses”. Juan José Morosoli es, pues, uno de los más 
grandes escritores rioplatenses del siglo XX, y a la vez uno de los secretos mejor guardados de la literatura de nuestro estuario. El campo –antología que reúne lo mejor de su obra– es una oportunidad inmejorable para descubrir y pasar la voz sobre un escritor decididamente extraordinario. Develemos entonces su secreto: Morosoli no hace correr el tiempo, lo detiene. Allí reside su talento. Su mundo está hecho de personajes –obreros, albañiles, gauchos– que hacen de la inmovilidad un modo disconforme de estar en el mundo. Negativos, taciturnos, anónimos, rechazan el ruido de la época. Y queda la cuestión de la lengua. De la transformación del habla oral y popular de la pampa uruguaya en escritura magistral. Mal leído –como se ha hecho muchas veces– Morosoli puede parecer un escritor costumbrista. Nada de eso. Lo suyo es más bien de un vanguardismo discreto. Antes que como un escritor rural, es más justo pensar a Morosoli en una constelación –como un estante de una 
biblioteca personal– integrada por el silencio a lo Beckett, un gusto por los perdedores a lo Robert Walser y la mejor tradición del desasosiego uruguayo, de Onetti a Levrero.